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El día en que los pueblos empezaron a posar. Por: Juan Gilberto Villegas

Posted by Aire Inmobiliaria Administrador on 07/26/2026
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Creo que estamos confundiendo conservar un pueblo con hacerlo famoso. Es una idea que me viene dando vueltas hace tiempo. Nunca se habían visto tantas publicaciones invitándonos a conocer el «próximo pueblo imperdible”, y cada semana aparece una nueva. Fotos y videos de plazas, del mirador, el mural, el balcón de colores, la calle que «todavía conserva su esencia”, etc. No tengo ningún problema con que la gente viaje. Lo que me inquieta es que parece que estamos creyendo que un pueblo está mejor conservado mientras más personas hablen de él.

Hacer famoso a un pueblo puede traer visitantes, inversión y oportunidades. Conservarlo es otra cosa muy distinta. Es lograr que siga existiendo eso que hizo posible ese lugar antes de que alguien decidiera tomarle fotos. Sus relaciones, los oficios, las economías que lo mantienen vivo, incluso los conflictos que también hacen parte de su historia. Todo eso puede desaparecer mientras las fotografías siguen siendo cada vez más bonitas y los videos mas virales.

Pero entonces qué es exactamente lo que estamos intentando conservar, porque un pueblo necesita agua, campesinos, comercio, escuelas, niños, gente que quiera vivir en él, necesita desacuerdos incluso, porque un pueblo donde no hay conflictos probablemente tampoco tiene mucha vida política. Pero todas esas cosas no suelen aparecer en un reel de 40 segundos, sin embargo son las que mantienen vivo al pueblo. Hay cosas que mantienen vivo a un pueblo durante cien años y jamás aparecen en una postal. En cambio hay cosas que aparecen en miles de postales y no alcanzan para sostener a un pueblo ni un fin de semana completo.

Tal vez el problema empieza cuando quienes toman decisiones sobre un pueblo, dejan de entenderlo como un lugar para vivir y lo reducen a un producto. Porque los productos necesitan gustar. A partir de ahí ocurre algo, como cualquier producto que compite por llamar la atención, el pueblo intentará ser cada vez más atractivo.

Creo que es por eso que me gusta pensar que los pueblos también pueden empezar a posar, y no pasa de un día para otro. Empieza cuando se dan cuenta de que su imagen también produce valor. Entonces inventan lugares para ser fotografiados, recorridos diseñados para el turista y relatos que terminan contando siempre la misma parte de la historia. Empiezan a preguntarse más por lo que genera likes que por lo que necesita el pueblo. Y así poco a poco la mirada del turista o el visitante empieza a influir demasiado en decisiones que antes pertenecían únicamente a quienes habitaban el lugar.

Es cierto que las redes sociales no inventaron esa lógica pero si la aceleraron mucho, hoy en día un balcón bonito de un pueblo puede recibir mucha más atención que una escuela rural, por solo poner un ejemplo. No porque el balcón sea mas importante sino porque produce imágenes, algo muy valioso en esta época. Y entonces empieza una competencia bastante ruidosa. Un pueblo quiere el mirador más llamativo, otro el columpio más grande, otro el mural más fotografiable. No porque eso sea necesariamente lo que necesita, sino porque es lo que mejor circula en redes.

En ese sentido el turismo deja de ser una buena noticia cuando el pueblo se adapta a las  expectativas del visitante en lugar de que el visitante aprenda a encontrarse con el pueblo. Porque un producto siempre se adapta al cliente. Un pueblo no debería tener que hacerlo.

Creo que la discusión nunca ha sido si está bien o mal mostrar los pueblos, claro que debemos hacerlo. La cuestión es preguntarnos qué estamos ayudando a conservar realmente cuando los mostramos, porque una fotografía o un video puede atraer visitantes, incluso despertar afectos, pero no puede remplazar eso que permite que un pueblo siga existiendo. Estamos aprendiendo a valorar los territorios por su capacidad para atraer miradas y no por su capacidad para mantener la vida.

Los pueblos no desaparecen cuando dejan de ser fotografiados sino cuando dejan de ser habitados.

Juan Gilberto Villegas Castaño

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