Perdón por no salir más fuertes. Por: Juan Gilberto Villegas
Hace tiempo nos quieren hacer creer que la persona que somos hoy no es suficiente, y que si todo sale bien, algún día lograremos convertirnos en alguien que esté a la altura. Detrás de eso también hay un negocio que obviamente no tiene apariencia de negocio, se presenta como motivación o amor propio. Por eso es que en redes sociales cada cierto tiempo aparece alguien para recordarnos que todavía no somos quienes podríamos llegar a ser, que nos falta descubrir nuestra mejor versión, aprender a vivir “como merecemos”, etc.
Eso se nos está metiendo hasta en la manera de sufrir. Ahora resulta que las tragedias y los fracasos tienen que venir también con moraleja incluida. No habían pasado ni dos días del terremoto y ya estábamos hablando de levantarnos más fuertes, de salir adelante, de que esto nos hará mejores. Es como si uno tuviera que entregar pronto la versión mejorada de sí mismo. Parece que sufrir ya no está permitido si no produce algo. Todo tiene que servir para algo. Hasta una tragedia tiene que dejar aprendizaje, carácter o resiliencia. Es un afán por convertir el dolor en productividad.
El problema no es querer salir adelante, ni mucho menos. El problema es creer que salir adelante significa necesariamente salir mejores. Hay días en los que lo único razonable es estar vuelto mierda y punto. Hay tragedias que no suceden para enseñarnos nada, solo suceden y ya. Dejan muertos, miedo, angustia. Eso no necesita una moraleja para ser real, y si algún día de todo eso sale algo bueno, pues genial. Pero no deberíamos necesitar que el dolor nos mejore para concederle permiso de haber ocurrido.
Probablemente ahí empieza el problema, en aceptar que la persona que somos siempre está en deuda con la que podríamos llegar a ser. Cuando uno compra esa idea, siempre falta algo; una herida por sanar, un hábito por adquirir, un libro por leer, una relación que revisar, una meta que alcanzar. Y si ocurre una tragedia, tampoco se suspende la obra. Al contrario: hay que sacarle provecho. Aprendizaje, carácter, propósito, resiliencia. Lo que sea pero que rinda. Qué manera tan absurda de no dejarnos en paz.
Nos dijeron que éramos un proyecto y de ahí para acá vivimos en obra negra. Como una casa que nunca está terminada, siempre esperando la próxima reforma, solo que ahora la casa somos nosotros. El problema es que una cosa es querer cambiar y otra muy distinta vivir bajo la sospecha permanente de que todavía no estamos bien.
No estoy diciendo que cambiar sea malo. La gente cambia naturalmente, aprende, se equivoca, madura, se contradice. Tampoco está mal querer vivir mejor, hacer ejercicio, leer, ir a terapia o corregir lo que nos hace daño. El problema es cuando esas cosas dejan de ser posibilidades y empiezan a convertirse en obligaciones. Cuando mejorar deja de ser una decisión y se vuelve una deuda, entonces cualquier cosa puede convertirse en evidencia de que todavía nos falta algo: descansar puede ser falta de disciplina, estar triste puede ser una herida que todavía no hemos sanado, no tener un propósito puede ser un problema por resolver, y así uno termina necesitando una explicación para no hacer nada.
Una persona que se siente incompleta es una persona muy fácil de convencer. Siempre habrá algo que corregir, algo que sanar, algo que optimizar. Un hábito, un método, una mentoría, un propósito y, obviamente, la siguiente versión de ti. La promesa funciona precisamente porque nunca puede cumplirse: si algún día estuviéramos completamente bien, ¿qué nos van a vender?
Por eso me cuesta tanto la expresión “mi mejor versión”, porque hemos convertido el cambio en una obligación y empezado a mirar la vida como si al final tuviéramos que entregar resultados. Después del terremoto esa idea me parece mucho más absurda porque seguramente tendremos que levantarnos, y claro que habrá que reconstruir casas, barrios, rutinas y vidas, pero reconstruir no es lo mismo que mejorar. A veces reconstruir significa simplemente volver a tener dónde dormir.
Hay algo casi obsceno en esa idea de que una tragedia deba dejarnos mejores porque entonces hasta el sufrimiento queda supeditado a la lógica del rendimiento, ya nos están diciendo que si sufriste y no aprendiste nada, entonces perdiste dos veces. Si te rompiste y no saliste fortalecido, además de la tragedia tendrás que cargar con la sospecha de no haber sabido aprovecharla.
Deberíamos permitirnos eso también, vivir una tragedia sin convertirla inmediatamente en una lección de nada. No todo lo que nos pasa tiene que producir una versión mejorada de nosotros mismos, hay cosas que simplemente ocurren, duelen y dejan la marca, no necesitan convertirse en capital psicológico para que nuestra vida pueda seguir teniendo sentido.
En fin, después de todo lo que hemos pasado estos días, uno se da cuenta de que hay cosas mucho más urgentes que convertirse en una mejor versión de uno mismo. Por ejemplo, volver a dormir tranquilo.
