Saberes montañeros que necesita la ciudad. Por: Juan Gilberto Villegas
En la ruralidad y particularmente en las montañas la gente ha aprendido a punta de ensayo y de error a convivir con el agua, la pendiente y las distancias. En las ciudades seguimos llamando “problemas” o “crisis” a situaciones que allá se resuelven desde hace años de manera lenta, colectiva y también imperfecta. Evidentemente no hay modelos puros, en la montaña también hay errores y ocurren tragedias, pero seguir ignorando esos saberes por puro prejuicio nos puede seguir saliendo caro.
Lo que en la ciudad se presenta muchas veces como innovación (teleféricos, agricultura urbana, bioingeniería de laderas, construcción sostenible) en la montaña lleva décadas de ensayo y error. Cables para cruzar ríos y hasta para comunicar pueblos, policultivos en terrazas, guadua y bahareque para resistir temblores, vegetación para amarrar taludes. Nada de esto es ideal ni puro, pero en lugar de aprender se suele mirar con prejuicio y pagar después estudios carísimos para “redescubrir” lo mismo.
Más que copiar modelos listos, tal vez vale la pena mirar las prácticas que ya existen. El transporte por cable, por ejemplo, no nació en Medellín, nació en las montañas donde la gente tiraba cables para pasar los ríos o comunicar veredas y pueblos. Hoy ese principio mueve miles de personas en laderas urbanas: Medellín (Metrocable), Bogotá (TransMiCable), Manizales (Cable Aéreo), Pereira (Megacable) y Cali (MÍO Cable).
El intercambio y cuidado de semillas nativas (tan propio de los páramos y las huertas campesinas) es lo que en las ciudades se busca cuando se habla de la tan mencionada seguridad alimentaria y resiliencia climática.
Las terrazas, los policultivos y la vegetación para amarrar taludes, igual que la construcción con guadua y bahareque, son prácticas ensayadas durante décadas en suelos inestables y en algunos proyectos de vivienda de menor costo.
En muchas ciudades andinas de Colombia los deslizamientos en zonas de ladera son un problema recurrente. Solo por poner un ejemplo, en febrero de 2022, un derrumbe sobre la Avenida del Río, en el sector La Esneda (Pereira-Dosquebradas), dejó 16 muertos y más de 30 heridos tras intensas lluvias. No fue un hecho aislado: esa ladera figura en registros de deslizamientos fatales desde la década de 1970 (hay referencias que señalan eventos aún más antiguos), y cada temporada de lluvias aporta nuevos reportes de riesgo que anuncian otras tragedias. A esta falta de integración del conocimiento sobre manejo de aguas, pendiente y suelos se suma la negligencia política, administraciones sucesivas que conocen los diagnósticos pero actúan tarde o a medias.
En las montañas muchas comunidades no solo han desarrollado técnicas para fijar suelos, cuidar nacimientos o construir en pendientes, también han creado formas de organización comunitaria (juntas de acueducto, comités de caminos, mingas) que permiten sostener en el tiempo esas prácticas y tomar decisiones colectivas sobre territorios frágiles. Ese saber organizativo (que es paciente, comunitario, orientado al bien común) es tal vez lo que mas falta hace en la ciudad, porque sin instituciones comunitarias solidas, las mejores técnicas y tecnologías se quedan en simples diagnósticos y consultorías. Aprender de esas experiencias no significa copiarlas tal cual, sino reconocer que convivir con un entorno complejo es tanto un desafío social e institucional como técnico.
No se trata de romantizar la montaña, sino de reconocer que en su aparente precariedad hay una inteligencia práctica y colectiva acumulada durante generaciones. Esa inteligencia ha sido ignorada y peor aún, subestimada, se le mira por encima del hombro, se le folcloriza, es vista como residuo del atraso. Mientras tanto la ciudad pierde pistas valiosas para enfrentar sus problemáticas. Alguien decía que los saberes no son jerárquicos, son contextuales, nacen de la experiencia y de la necesidad. Si seguimos despreciando esa memoria, incluso con más presupuesto y recursos, menos paciencia y más prejuicio, repetiremos errores que otros ya aprendieron a enfrentar, de forma imperfecta pero constante.
