El estigma de ser montañero en un país montañero. Por: Juan Gilberto Villegas
Desde hace muchos años llamar a alguien “montañero” en Colombia no es un halago. Montañero ha sido sinónimo de ordinario e inculto. Es la etiqueta para identificar a quienes, expulsados por la escasez o la violencia, subían por las montañas para colonizar nuevas tierras. En los ambientes citadinos, el “montañero” se mira por encima del hombro, como alguien que no sabe de civismo ni modales, que ha llegado a punta de madrazos con su machete al hombro y las botas empantanadas.
Ese prejuicio se formó en la época de la colonización antioqueña (hoy tan celebrada como gesta nacional), cuando familias enteras cargaron en mulas sus pocas pertenencias y abrieron caminos entre el monte andino. Los pueblos emergentes les ofrecían un destino mejor, pero les negaron reconocimiento. De esta manera la identidad montañera adquirió una carga peyorativa que ha persistido en el imaginario colectivo.
Pese a lo anterior, esa misma sociedad es fruto de manos montañeras. Tiene sus raíces en el esfuerzo de aquellos pobladores. Hoy somos millones de colombianos los que vivimos en ciudades fundadas por esos montañeros y montañeras o incluso descendemos directamente de sus migraciones. Aun así el prejuicio persiste, se sigue viendo al “montañero” como un ciudadano de segunda.
Seguramente esa tensión (orgullo geográfico frente a vergüenza social), es la base de este estigma. Por un lado se celebra la geografía que nos define, se canta en canciones la majestuosidad de las montañas, se abren rutas de experiencias turísticas y hasta se construyen monumentos en su honor. Pero por otro lado se niega la herencia cultural de quienes las habitamos, en muchos espacios, “montañero” puede sonar a etiqueta de atraso.
Para entender bien esa contradicción se necesita un gesto objetivo, se debe reconocer que el estigma no nace de decisiones aisladas, sino de un proceso de homogeneización cultural. No se si conscientemente o no, pero durante mucho tiempo, incluso en las aulas y en los medios se promovió un único modelo de ciudadano ideal, uniforme y desligado de sus orígenes rurales. Frente a ese molde uniforme, la montaña quedó etiquetada como atrasada. La migración al ámbito citadino se celebró como entrada al canon social y muchos intentaron arrancar de raíz su identidad para encajar en esa norma impuesta.
Reconocer el valor de nuestro origen montañero no ha sido un ejercicio sentimental, sino mas bien el resultado de años de debate social, pérdida de saberes y demandas de justicia. Nos ha costado aceptar que con la homogeneización del “ciudadano modelo” quedaban enterrados conocimientos sobre temas tan diversos como importantes, como ciclos agrícolas, técnicas de conservación de suelos, técnicas constructivas, formas de organización comunitaria, entre muchos otros. Nos ha exigido enfrentar la degradación de paisajes, la migración forzada y el silenciamiento de voces rurales en las aulas y en los medios. Solo después de ese desgaste colectivo, cuando empezaron a devaluarse oficios, parece que comprendimos que no se trata de un pasado remoto, sino de una base fundamental para la sostenibilidad. Por eso reivindicar lo campesino, lo rural y lo montañero hoy significa, en parte, pagar esa deuda.
Pero ese es apenas un primer paso, falta transformar esa reivindicación encambios tangibles. El verdadero reconocimiento nace como respuesta al proceso de homogeneización que relegó lo montañero al silencio. Claramente no es suficiente con nombrar esa historia, se necesita posicionar las historias de vida rurales en medios y redes, no como anécdotas exóticas, sino como ejemplos de liderazgo colectivo. Reconocerlo implica dar voz en los medios a líderes rurales, apoyar ferias campesinas y abrir espacios donde el conocimiento de la montaña guíe las decisiones colectivas. Solo cuando el relato incluya de verdad la voz montañera podremos decir que dimos un paso real hacia una sociedad diversa y consciente de su origen. Ojalá lleguemos hasta allá, todavía está por verse.
